Crónica 24/3

 En mi casa, y al igual que en todo el país, el 24 de marzo no es un día más, es una jornada de memoria, bronca y lucha.

Mi primer recuerdo de este día se remonta a 2010, cuando tenía 6 años. Recién comenzaba la primaria y, con los actos por esta fecha, mis papás decidieron repasar la historia en casa e ir todos juntos a la marcha. Desde aquel entonces, todos los 24 de marzo son una rutina.

Sin embargo, este día ganó aún más profundidad en 2016, mientras hacía el curso de ingreso al Nacional Buenos Aires. Un sábado a la madrugada, mientras esperaba para entrar a clases, repasé las placas de alumnos desaparecidos y vi algo que me sorprendió: el sinfín de nombres y apellidos aparecía Pablo Dubcovsky.

Al volver a casa, le pregunté a mi papá y me reveló que era un primo suyo, que lo habían desaparecido a los 17 años por grafittear: “Abajo la Dictadura”. Desde aquel entonces, todos los 24 de marzo se tornaron más personales todavía.

De todas maneras, este año la marcha no fue como ninguna otra. Almorcé milanesas con mi viejo, mi vieja y mi hermana y partimos hacia plaza de mayo. Al llegar, nos encontramos con una multitud de gente, que a 50 años del golpe de estado no olvida y no perdona.

Mientras caminábamos, nos cruzamos con una señora de unos 80 años, que marchaba con su hija y su nieto. De manera inmediata, mis papás se pusieron a conversar con ella y, antes de despedirnos, me dijo: “Está en sus manos que esto no vuelva a suceder nunca más”.

Durante el resto de la marcha y la vuelta a casa, esa frase resonó en mi cabeza. Y hoy, varios días después, la sigo pensando. 

Y es que, en un contexto de país adverso, donde desde el gobierno se trata de instalar una realidad alternativa y se niegan muchas de las cosas que sucedieron, creo que es esencial recordar, marchar y, como sociedad, insistir en Nunca más.

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